lunes, 14 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (5)

Ese día, a las 6:10am.los asientos estaban bastante llenos. En uno de ellos iba una pareja que hacía un viaje largo. Él era alto, le costaba sentarse cómodamente en el asiento que le había tocado ocupar. Su cabello era muy oscuro y estaba muy bien arreglado. Debo acotar que, normalmente, el cabello de los hombres que suben a este vagón, va muy bien arreglado: La crisis puede ser muy grande, la vanidad también lo es. Llevaba una chaqueta gruesa e impermeable, gris; lo que resaltaba el blanco de su piel y el negro en sus ojos. Estaba somnoliento, pero no dejaba de rodear con su brazo a una persona que escondía su rostro en la parte alta de su pecho. Ella estaba de marrón claro, una chaqueta agamuzada, de esas que dan escalofríos cuando la acaricias. Su bufanda tejida a mano, contribuía también con el juego de escondidas en el que se había inmerso su mejilla izquierda. Dormía… Tranquila, segura… Y su cabello caía suavemente sobre su hombro, cubriendo sus ojos.

Frente a ellos, iba una chica, de unos 30 años. Sus piernas cruzadas hacían de almohada a una pequeña cabecita, cuyo cuerpo llevaba una chaqueta azul con una raya amarilla y jeans. La mano izquierda de ella cuidaba que la chaqueta no dejara al descubierto la piel del pequeño, que había optado por soñar con mundos de chocolate y mantequilla de maní. Ella lo veía, todo el tiempo. Y mientras tanto, pensaba que es una suerte que las imágenes y los cuerpos no se gasten al mirarlos. Porque ella podía verlo infinitamente; dormido, despierto, soñando…

En un instante, el tren paró. La puerta se abrió y como siempre entró una ráfaga de viento frío. Ambos cuerpos, aún dormidos, se movieron con un gesto que desaprobaba la temperatura del vagón. Ambos brazos aseguraron los pequeños cuerpos que ya rodeaban, ambas manos acariciaron suavemente las espaldas que protegían y las dos personas que allí descansaban se volvieron a acomodar, sintiendo el calor de quienes aseguraban la temperatura de sus cuerpos. Me pareció extraño y verdadero. En algún punto, el amor es simplemente “eso”; sin importar los protagonistas, ni los recovecos de sus personalidades, sueños, deseos o historias.


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