jueves, 10 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (4)

El frío de ese día fue particularmente extraño. Se sentía por debajo de la piel y hasta se te podían hacer los ojos agüita de rato en rato. En la estación “Jardines” subió una chica de unos 15 años. Con esa mirada de tristeza que solo puedes ver en los adolescentes, pero no solo en los de 15, más bien en los de cualquier edad. Esta chica, por mera coincidencia, tenía, calculo, 15 años. Tenía el puño derecho muy cerrado. Creo que empezaba a hacerse daño con sus propias uñas, mientras estas se hundían de a pocos en la suavidad de su palma. A la vez, mordía sus labios y abría los ojos mirando hacia el techo, como si sus próximas lágrimas trataran de hacer equilibrio en el precipicio de sus ojos. Abrió muy despacio su mano derecha, extendió algo que parecía una foto y una gota perdió la lucha que libraba contra la gravedad, cayendo sobre un jean desteñido. Una segunda gota cambió el equilibrio por el trapecio, y pasó a balancearse sobre el extremo de uno de los hilos que colgaba de su cabeza. Luego, con la manga estirada por encima de su mano, se secó las próximas lágrimas y sus mejillas ya estaban más coloradas. Cerró con fuerza el puño derecho nuevamente y en un arranque brusco, volvió a abrirlo; para finalmente trozar de manera inexacta la foto de aquello que le dolía tanto. Es increíble como los sueños rotos, nos llevan a romper también fotografías. Al menos cuando tenemos 15 o cuando volvemos a sentir que los tenemos.

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