domingo, 16 de enero de 2011

El embrujo de un Lirio



En la serenidad del desgano, Azucena despertó del letargo sabiendo que alguien había estado durmiendo a su lado. Él se había levantado aún más temprano que ella para ver el refrigerador vacío y la cafetera sucia. Él se había marchado... Sin lavar los platos, sin llenar el refri, sin limpiar el baño. Pero sí, eso sí... tendiendo la cama sobre Azucena. Estirando mucho cada sábana sobre su cuerpo, cada frazada sobre cada sábana y cada edredón sobre cada frazada. Azucena, ya despierta, lloró el rocío de las 6 de la mañana, debajo de la pulcritud deshonrosa del abandono tendido en la cama. Con cautela se movió luego de dos horas para no desacomodar la tristeza y se escondió en la tina de baño. Vio en la pared, pintado con acrílicos, un perfecto Lirio. Repasó su forma y su figura como lo había hecho cada noche. Nadie se había marchado... El sueño del Lirio, que mantuvo embrujadas por 10 meses (y unos cuantos días más) las paredes de la casa, había terminado. Por un segundo quiso volver a dormir y dejarse embrujar de nuevo... Entonces, Azucena recordó que no existe nada mejor que el libre albedrío... Y lloró el poco de lágrimas que le quedaban de reserva, por última vez, en la tina de su baño.