miércoles, 30 de septiembre de 2009

Confesiones de pasajeros (B)

Fito Espinosa


Para la tranquilidad de la primavera, no me hace falta que salga el sol. He pintado mis paredes y amaneceres con tanta intensidad, que hasta puedo creer que los días empiezan más temprano y más iluminados. Hoy a las 5:30am. el cielo ya estaba azul, a las 5:38 ya estaba celeste… La madrugada fue tibia y meció el tiempo con sutileza. Cerré los ojos, aún con dudas e incertidumbres. Los abrí en medio de una suerte de tranquilidad y sosiego. El tiempo se detuvo entre la 1 y las 5 de la mañana. Mientras la madrugada lo mecía, los minutos me abrazaban a través de ti y se encargaban de mi seguridad mental. Cuando la razón acaba con sus filudas explicaciones y seguimos sin entendernos, los caracoles se ponen en lenta marcha para asegurar que estamos avanzando aunque parezca que no. Y descansamos en un tiempo y un espacio diferente; tratando de encajar y encajando también por pura casualidad. Dos planos que se intercalan en la incertidumbre y se curvan en las certezas (y en las cerezas también, ¿por qué no?).

martes, 15 de septiembre de 2009

Confesiones de pasajeros (A)

Tengo a alguien… a medias y a la vez lo tengo de verdad. Alguien que duerme poco cuando estoy a su lado. Mantiene sus ojos a media vigilia para poder cuidarme y estar pendiente de mí. Alguien que me da amuletos una o media vez por semana para que nada me pase en mis sueños, ni en la realidad. Tengo a alguien que acompaña mis almuerzos y mis cigarros al pasar las horas. Alguien que me espera y no me espera, pero que de algún modo siempre está a tiempo. Deja su aroma en mis mantas verdes azuladas y eso hace que no deje de recordarlo. Alguien que piensa en mí algunas horas del día y que conversa conmigo para hacer que los minutos pasen más rápido. Escucha mi voz de noche y yo escucho la suya, como si fuera una estrategia calculada, y a veces, hasta nos hacemos creer que es indispensable. No sé si existen los ángeles de la guarda, pero existen las personas que nos cuidan; en el día a día y en nuestros imaginarios. Tengo a alguien que me escucha siempre, aunque el cansancio haga parecer que no. Tengo un héroe y un villano en mis pesadillas; pero en cualquiera de los casos, prefiero soñar con él que con mundos paralelos. Se acuerda de mí algunas mañanas y sus palabras suelen desearme un buen día. Alguien que duda de lo que siento y a la vez, no se cansa de confirmarlo en cada paso que damos juntos. Tengo una extensión de piel que abriga las madrugadas más frías y que toma mi mano para que no me pierda cuando bajo por escaleras que no conozco o que no veo por falta de luz. Tengo alguien que sabe (o no) cómo hacer para producir un determinado voltaje en mi espalda; números enteros y fraccionados de escalofríos; más de una especie de mariposas, dulces y amargas. Es alguien que quiero y que parece quererme. Alimenta mis celos en cantidades variables: A veces con cucharitas de café de plástico descartable… A veces con barriles sólidos y resistentes. Alguien a quien extraño un poco cada noche y nunca tanto porque no quiero que huya de mí. Tengo a alguien que se preocupa de mis comidas y un poco de mi economía. Alguien que hace planes conmigo y que como yo, gusta de olvidarse si se cumplirán o no. Tengo partes de él (de diferentes tipos de material) regadas en mi habitación, que veo y conglomero para sentirlo más cerca: Madera, arena, plata, plástico, pluma, algodón. Alguien que no sé si guarda mis pensamientos, pero los sabe. Tengo a alguien que me motiva por las mañanas, me inspira por las tardes y me excita por las noches. Es alguien que guarda secretos en cajitas, como yo. Alguien que sabe mis miedos más grandes, incluso los que tienen que ver con él, aunque no con precisión. Tengo a alguien que significa para mí, más de lo que se imagina… Y que dice quererme de una manera, que yo tampoco puedo imaginar. Desbarata mis formas de pensar más acartonadas y calma mis dudas con besos intermitentes. Tengo a alguien en quien confiar, alguien con quien contar, alguien a quien cuidar, alguien por quien sentir, alguien sin quien parar… Y si puedo decirle algo mientras lee esto, le diría que perdone mi insomnio… Que perdone también que no haga lo mismo por él o que perdone el hacerlo en exceso. Le diría que en este mismo segundo (y nótese que no sé en qué segundo de esta vida, eso se dará) pienso en darle un beso, que con movimientos torpes se convierta en un abrazo y luego en algo más… Le diría que algún día, más pronto que lejano, quiero un “final de día” que continúe con un amanecer tranquilo para despertar de su mano… Con lluvia o con sol, eso es lo de menos… ¿Lo demás? Ya vendrá solo, si es que quiere venir…

Canción para dormir con alguien... o despertar...

lunes, 14 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (5)

Ese día, a las 6:10am.los asientos estaban bastante llenos. En uno de ellos iba una pareja que hacía un viaje largo. Él era alto, le costaba sentarse cómodamente en el asiento que le había tocado ocupar. Su cabello era muy oscuro y estaba muy bien arreglado. Debo acotar que, normalmente, el cabello de los hombres que suben a este vagón, va muy bien arreglado: La crisis puede ser muy grande, la vanidad también lo es. Llevaba una chaqueta gruesa e impermeable, gris; lo que resaltaba el blanco de su piel y el negro en sus ojos. Estaba somnoliento, pero no dejaba de rodear con su brazo a una persona que escondía su rostro en la parte alta de su pecho. Ella estaba de marrón claro, una chaqueta agamuzada, de esas que dan escalofríos cuando la acaricias. Su bufanda tejida a mano, contribuía también con el juego de escondidas en el que se había inmerso su mejilla izquierda. Dormía… Tranquila, segura… Y su cabello caía suavemente sobre su hombro, cubriendo sus ojos.

Frente a ellos, iba una chica, de unos 30 años. Sus piernas cruzadas hacían de almohada a una pequeña cabecita, cuyo cuerpo llevaba una chaqueta azul con una raya amarilla y jeans. La mano izquierda de ella cuidaba que la chaqueta no dejara al descubierto la piel del pequeño, que había optado por soñar con mundos de chocolate y mantequilla de maní. Ella lo veía, todo el tiempo. Y mientras tanto, pensaba que es una suerte que las imágenes y los cuerpos no se gasten al mirarlos. Porque ella podía verlo infinitamente; dormido, despierto, soñando…

En un instante, el tren paró. La puerta se abrió y como siempre entró una ráfaga de viento frío. Ambos cuerpos, aún dormidos, se movieron con un gesto que desaprobaba la temperatura del vagón. Ambos brazos aseguraron los pequeños cuerpos que ya rodeaban, ambas manos acariciaron suavemente las espaldas que protegían y las dos personas que allí descansaban se volvieron a acomodar, sintiendo el calor de quienes aseguraban la temperatura de sus cuerpos. Me pareció extraño y verdadero. En algún punto, el amor es simplemente “eso”; sin importar los protagonistas, ni los recovecos de sus personalidades, sueños, deseos o historias.


jueves, 10 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (4)

El frío de ese día fue particularmente extraño. Se sentía por debajo de la piel y hasta se te podían hacer los ojos agüita de rato en rato. En la estación “Jardines” subió una chica de unos 15 años. Con esa mirada de tristeza que solo puedes ver en los adolescentes, pero no solo en los de 15, más bien en los de cualquier edad. Esta chica, por mera coincidencia, tenía, calculo, 15 años. Tenía el puño derecho muy cerrado. Creo que empezaba a hacerse daño con sus propias uñas, mientras estas se hundían de a pocos en la suavidad de su palma. A la vez, mordía sus labios y abría los ojos mirando hacia el techo, como si sus próximas lágrimas trataran de hacer equilibrio en el precipicio de sus ojos. Abrió muy despacio su mano derecha, extendió algo que parecía una foto y una gota perdió la lucha que libraba contra la gravedad, cayendo sobre un jean desteñido. Una segunda gota cambió el equilibrio por el trapecio, y pasó a balancearse sobre el extremo de uno de los hilos que colgaba de su cabeza. Luego, con la manga estirada por encima de su mano, se secó las próximas lágrimas y sus mejillas ya estaban más coloradas. Cerró con fuerza el puño derecho nuevamente y en un arranque brusco, volvió a abrirlo; para finalmente trozar de manera inexacta la foto de aquello que le dolía tanto. Es increíble como los sueños rotos, nos llevan a romper también fotografías. Al menos cuando tenemos 15 o cuando volvemos a sentir que los tenemos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (3)

Un ligero viento entra cuando el vagón está vacío o casi vacío. Un viento frío que parece confirmar que aquí adentro el tiempo se detiene. No hay escapatoria, no hay hacia donde correr, no hay manera de huir. Son 10, 15, 20, 25 minutos que guardan relación con las cortas o largas distancias que hay que recorrer. Y pienso que el tiempo se detiene y confirmo que nada se mueve…
  • Bájate!
  • No! Voy contigo!
  • Déjame en paz! No te das cuenta de nada… Basta!
  • Deja de gritar, no hagas una escena.
  • Una escena…
  • Sí… Nos hemos malacostumbrado a las escenas. Cada vez que sucede algo, que algo se pone difícil, eso es lo que hacemos.
  • Es cierto…
  • Adoptamos poses, decimos frases hechas, enfatizamos algunas de nuestras palabras y entonamos bonito.
  • Y hasta ponemos música de fondo…

(…)

  • ¿Qué canción estás escuchando ahora?
  • La de la cometa, de la película que vimos ayer... ¿Tú?
  • La misma...
  • ¿Por qué hacemos esto?
  • No lo sé, es como si no nos cansáramos de repetir una y otra vez la misma mierda…
  • ¿Por qué no lo dejamos para después?
  • Es que ese es el problema pues… tu procrastinación de mierda.
  • Es que no quiero… ¿No ves? Nos hemos encerrado en esta porquería, solos. Y no quiero salir porque no sé cómo! Porque me cago de miedo de lo que hay fuera de nosotros

(…)

  • ¿A qué hora es tu ensayo?
  • En 5 minutos.
  • Vamos, te espero afuera.
Y es increíble que aún fuera de aquí, algunos permanezcan inmóviles.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (2)

Eran las 9:10. Y ella, sentada en la parte trasera, tenía los audífonos puestos. Estaba camino al laboratorio. Sus piernas estaban muy pegaditas y la izquierda temblaba con una frecuencia poco rítmica. Por ratos su mirada se perdía en la puerta del vagón que se abría y se cerraba porque estaba malograda. Llevaba un uniforme y una cola de caballo muy ajustada; tanto que creo que sus rasgos faciales eran en realidad, completamente diferentes. Sus ojos tenían un brillo especial; como dice Sabina con un tono particular, por ratos creo que se le “encharcaban las pupilas”. Luego de unos 20 minutos se puso de pie, muy erguida. Mantuvo el equilibrio con los botines de taco que traía puestos y caminó con paso muy muy firme. Presionó el botón mientras se balanceaba ligeramente en el tubo que adornaba la puerta. Cuando la puerta se abrió entró un ligero aire, que dejó caer un pequeño papel al lado del asiento que ella había dejado: “Recibo de pago #236715Presentar este documento para recoger sus resultados”.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Estaciones, trenes y pasajeros (1)

El abuelo del barrio se sentó a su lado (no sé porqué, pero siempre me lo imagino ciego aunque no lo sea). La joven se arrimó apenas para que pudiera entrar en el asiento. Ambos sonrieron y una canción sonaba en sus mentes cuando se vieron. Cabe decir que el abuelo no era tan abuelo, ni la joven tan joven... Eran las 8:55am. y ella llevaba prisa. El reloj de él estaba adelantado y marcaba las 9:10am. Si esa hora hubiera sido verdad, ella iba tarde y a él, como siempre, le sobraba el tiempo. El le preguntó si había salido el sol. No porque fuera ciego, si no porque era uno de esos días en los que se siente un calor extraño, pero al mirar al cielo, resulta imposible encontrar un rayo siquiera. Llegaron a la estación "Ciudad universitaria" y ella susurró un "hasta luego". Él no pudo responder, pero se quedó con su aroma.

Tardes libres

Si en esta ciudad tuviéramos luz de sol hasta las 8 o 9 de la noche, aunque sea un par de meses al año, mis historias serían más que diferentes. Mi insomnio estaría mejor justificado y tendría menos tiempo para las pesadillas. Caminaría más, correría menos, huiría menos. Habría “más tiempo” para salir a jugar o a correr y los días en la playa serían más largos. Apreciaríamos más la oscuridad de la noche y nuestros sentidos se afinarían de manera diferente. Las mujeres no tendrían tanto miedo a salir solas en horario “pm”. El arte callejero existiría y se expandiría. Quienes gustan de las puestas de sol, podrían salir del trabajo un par de veces por semana y verlas. Las cortinas y persianas de nuestras casas serían distintas para poder dormir “temprano”. Los amigos de barrio serían más amigos aún y quizás la familia, sería menos familia. Gastaríamos un poco menos en luz durante algunos meses. Y tendríamos esa rara sensación de que es temprano, cuando en verdad ya es tarde. Si alguien puede cumplirme un deseo hoy, pediría que el sol dure un poco más, quizás 10 u 11 de la noche. El tiempo suficiente para hacer algunas cosas sola y recuperar al “yo” que se me acaba de perder.


Una canción para una tarde libre y hasta contenta...