lunes, 27 de abril de 2009

Los estados de la (sin)razón


En la inconciencia de la conciencia... El miedo a las cosas a las que debiera temer desaparece. El futuro no importa. El cuerpo flota y los nervios se hunden. La esperanza es una palabra desconocida, pues se desconoce el tiempo. Aquí siento y no me doy cuenta. Las cosas pasan como si cayeran del cielo. Las máquinas funcionan a la perfección y los sueños se vuelven realidad. Desaparece todo lo que está más allá de los 3 metros si yo soy el centro. La oscuridad es pretexto y el silencio argumento. Los cuerpos son tibios y el ambiente frío. El espacio se reduce y los movimientos se agrandan sin que sea molesto. No hay culpa, no hay amor; solo un recuerdo que pisa el presente y la convicción de que nada cambia.

En la conciencia de la inconciencia... Tengo frío y miedo. La desesperanza se apodera y la razón pesa. El desequilibrio permanece. Hay un camino claro hacia el desorden y el caos. Las dudas caen, rebotan e inundan. La culpa se muestra... en los cuerpos, en las palabras, en los silencios. Todo avanza y retrocede en distintos intervalos de tiempo. La línea que divide el sueño y la vigilia ha sido recientemente marcada. Los pasos se dan de manera insegura, como esperando resbalar en cualquier momento. Todo importa, menos yo. El silencio es una suma de instrumentos desafinados que solo te dejan cerrar los ojos para asustarte con tu propia oscuridad. Hay amor y por tanto, desamor.


En ambos casos, sientes tres corrientes de electricidad: en los pies, en la parte baja de la espalda y en los hombros.

domingo, 19 de abril de 2009

Gracias a mi ex psicoterapeuta!

Sobre la importancia de no oler las flores pintadas en la pared...

Dicen los expertos, que oler flores pintadas en una pared es potencialmente dañino para la asimétrica perfección de cada uno de nuestros rostros (porque feos y bonitos, todos resultan perfectos). Dependiendo del ángulo de acercamiento (no piensen en un acercamiento horizontal, si no mas bien uno que implique la inclinación del rostro) , de la proximidad de la hazaña y de la credulidad que nos caracteriza, el daño será mayor o menor.

En el mejor de los casos, alguno de nuestros sentidos avistará que están pintadas sobre una superficie sólida. Y nos detendremos, si queremos, justo a tiempo para evitar el estruendoso choque de dicha pared contra nuestra nariz. De ser así, el olor a pintura desvanecerá la ilusión de oler las flores sin lesiones de por medio. La sabiduría en este caso, radica en la capacidad de la persona para detenerse, para dejar de acercarse, para asumir la verdad.

Otra posibilidad es un acercamiento rápido y veloz, que sin duda nos destrozará más que el olfato! El sangrado se detendrá, eventualmente; lo que permanecerá, es la desilusión. Esta es una experiencia por la cual debieran pasar los que van por el mundo creyendo en todo, los que no le temen a nada, los que aceptan. Ya que el descanso médico, consecuencia de dicha acción, dará al agraviado días importantes de reflexión. Ya depende de cada quien la elección... y siempre hay quien elige seguir intentando oler las flores.

Nunca faltan por supuesto, los avisos de recién pintado. Si aparecen, debieran tomarse en cuenta. Carteles, huellas de pintura fresca en el piso, alguien que pasó y ya se manchó. Esto solo en caso de que la pintura esté realmente fresca, porque los "frescos" que llevan años, son mucho más difíciles de detectar. La pintura fresca en cambio, aunque no huela a flores, para algunos hasta puede oler bien... EL problema radica en que las manchas en la ropa, muchas veces, se quedan para siempre.

Es posible también, que el aferrarnos a las flores pintadas nos hagan olvidar que no huelen a nada. El subconciente te gritará: ¡Esas flores nunca olerán a nada! Pero uno, fiel al encanto de las flores, se convencerá de que funcionan bien aun sin el aroma que debiera caracterizarlas. Dicha fidelidad genera un sangrado distinto al del color rojo. Es decir, si bien no duele la nariz, empezarán a doler otras partes del cuerpo. Esta forma de acercamiento con las flores garantiza largos periodos de ansiedad, desilusión, inseguridad e incluso gritos, dependiendo del temperamento de cada persona.

Quizás la peor, es acercarnos y sentir el olor de las flores. Recordar los paisajes más asombrosos y poder viajar hacia ellos con solo acercarnos a la pared. Poder tomarlas en nuestras manos y sentirnos dueños de ellas. Procurar sentir su aroma cada vez que estamos cerca. Cuidarlas, protegerlas, regarlas y perdernos otras realidades por quedarnos con esta. El peor de los casos es creer que son reales y generar una demencia permanente (o casi) que nos impida disfrutar de cosas mejores.

Solo le queda a este texto hacer una o más preguntas: ¿A quien se le ocurre pintar flores en la pared? ¿Es que no se ha dado cuenta esta persona malvada de los daños que ocasionan sus trabajos artísticos? ¿O será que no es una persona malvada? Quizás pasa que en el momento en que las pintó no encontró mejor forma de expresarse...

Las ciudades invisibles


En Ersilia...

...para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, según indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar por en medio, los habitantes se marchan: las casas se desmontan; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.

Desde la ladera de un monte, acampados con sus enseres, los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.
Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.

Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.


Las ciudades invisibles
Italo Calvino

jueves, 16 de abril de 2009

Más trenes en Lima


Estaciones, trenes y pasajeros...

La imagen de los trenes, las estaciones y las personas que los usan son una imagen que me agrada.

Hay casos en los que una misma persona usa la misma estación y el mismo tren, una y otra vez. Conoces los horarios, la ruta, las estaciones por las que pasa, el sonido que hace el tren cuando llega, los desperfectos, hasta te llegas a aprender los vagones y los asientos; las salidas y las entradas. Se entienden... y aunque existan días de lluvia y resulte incómodo utilizarlo; o aunque salgas tarde un día y prefieras tomar un taxi; sabes que está ahí y que lo que conoces del tren no cambiará sustancialmente, su relación permanece.

Cuando uno va a lugares específicos, mas no rutinarios... El pasajero tiene la opción de elegir. Los valientes y arriesgados se suben a cualquier tren y en el camino, con riesgo de fallar o demorarse, van decidiendo qué ruta tomar y cuando hacer los cambios, mejor llamados transbordos. Los más tímidos, inseguros, cautelosos (o quienes se han perdido alguna vez en el sistema de trenes) prefieren coger un mapa. Ubican el objetivo, establecen la ruta más corta contando las estaciones, usan de referencia lo que ya conocen del sistema de trenes y finalmente, deciden qué camino seguir.

Pero, ¿no pasa también que nos subimos a un tren solo por el placer de ser llevados? El tren sabe hacia donde va, la ruta está previamente fijada, pero el pasajero confiado (quizás un turista), solo se deja seducir por el movimiento cadencioso del tren y por lo rítmico de su sonido. En el camino, el pasajero verá cosas que nunca antes vio, cosas que quizás hasta cambien su forma de ver el mundo, cosas que quizás no volverá a ver... Pero la verdad, es que al final, aunque la ruta esté marcada; el destino del pasajero es incierto. De ser una ruta buena y útil, el pasajero decidirá quedársela para siempre. De ser una ruta mala o no tan segura, quizás no quiera tomarla nunca más, aunque necesite hacerlo. Al final, la decisión es del pasajero...

Pobres trenes y estaciones que no son usadas... y pobres aquellos que pasan por la vida de los pasajeros sin la oportunidad de decidir. No puedo imaginar a un tren, cerrándole las puertas a un pasajero porque no le cae bien, o porque no le gusta como se viste, o por la huella de su trasero que deja marcada en su asiento.

Que suerte que las personas no seamos trenes, que suerte que aún(aunque no creo que eso cambie) podamos decidir con qué rutas nos quedamos y cuáles dejamos pasar, que bien que aún podamos decidir también, simplemente dejarnos llevar... Qué bien que el tema de ser "pasajeros" solo se aplique con los trenes, a menos que decidamos lo contrario.

miércoles, 1 de abril de 2009

Afirmo


Confiezo que estoy perdiendo las fuerzas para todo, como si la flojera volviera para instalarse entre mis sueños... Creo que me estoy rindiendo en un mal momento... Justo cuando estos sueños parecían tener más claridad que nunca, y no porque se estuvieran concretando, si no porque simplemente los veo más nítidos.

Pero no puedo... Se presentó y solo asiento con la cabeza, como aceptando la llegada de un letargo infinito. Abandono, desesperanza y tristeza, todo sin sentido y sin razón aparente. La operación, sin duda, se llevó de mí más que células malignas, se llevó las buenas tambén. No quiero nada y quiero todo al mismo tiempo. Quizás solo UNA voz que me vuelva a dar ánimos... Ojalá que la incertidumbre que provoca el desierto, se revierta a mi favor.