
La tristeza es un papel cuadrado. Cuadrado porque no es tan amigable como un círculo, ni tan desequilibrado como un rombo. Y no es un rectángulo porque las esquinas afiladas del papel cuadrado se encuentran equidistantes al centro y motivo del dolor. El papel cuadrado está hecho de recuerdos, por lo general. Moléculas de momentos y detalles, que se adhieren unas a otras con algún sentimiento irreconciliable con la razón. En los bordes del cuadrado, se encuentran partículas de “pendientes”. Aguzadas por su inconsistencia, refinadas por aquellos planes que nunca llegaron a concretarse y afiladas por aquellas cosas que se pensaron de a dos y que no dejan espacio para otros dos diferentes. De pronto, aparece algo o alguien, que decide darle forma al papel. El papel cuadrado por sí solo no podría desaparecer, al menos no en un período que pueda ser concebido dentro del tiempo de vida de un ser humano. Por eso siempre hay algo que le debe dar forma de barquito a la tristeza. Y nótese que el papel cuadrado se transforma estratégicamente en un medio de transporte para poder irse. ¿Pero será que se va efectivamente? ¿Alguna vez pusiste un barquito de papel en el agua, o más bien en el mar (nótese también el carácter salado del líquido elemento)? Tengo dos teorías: Una, en la que el barquito efectivamente se deshace, los recuerdos los detalles y todo lo inconcluso se pierde en agua salada con el paso del tiempo. La segunda y en la que más creo, aunque me cueste aceptarlo, es que el barquito efectivamente se va. Pero como vivimos en un “amigable” planeta redondo, lo más probable es que vuelva, y que de alguna u otra manera, nos reclame el haberlo dejado partir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario