lunes, 26 de mayo de 2008
Entre el tronco caído y la sombra del árbol (Primera parte)
Me tomo un descanso (nuevamente) del horrible trabajo que tengo que presentar mañana y que obviamente, recién voy a empezar (12:45am hora Málaga). Pero antes, voy al baño!!!
Ahora si...
Había una vez un conejito, silencioso, tímido y reservado, que no veía más allá de su rutina. Ella, la conejita, era un poco diferente. Tímida también, más tímida que él incluso, pero con ansias de ver un poco más allá de los límites del bosque en el que le había tocado crecer. Se conocieron en un tronco caído, de esos que conviertes en tu lugar de refugio y se hicieron amigos, mientras conversaban en silencio.
Para ella, todo fue muy obvio al principio, todo era cuestión de unas miradas por la tarde. Para él, era un sueño que le permitía salir de la realidad monótona que lo envolvía, un refugio, o más bien un tubo de escape. Caminaron juntos hacia la sombra de un árbol y en silencio (como siempre) se entendieron a la perfección. Ella quería decir más y que él le dijera más, pero no sabía cómo. Él se escondía en su timidez y solo se mostraba a través de su mirada, mientras llevaba a sus pulmones un aire diferente. Así pasaron varias semanas... Entre el tronco y la sombra del mismo árbol. Sin pronunciar palabras, sintiendo... Con miedo a decir lo que tenían en la punta de sus hocicos.
Las muestras de afecto eran mínimas, pero significativas. Con algunos detalles él trataba de pedirle que no se fuera nunca. Y ella a través de sus cartas, mantenía el silencio, pero al menos las enviaba. En un par de días de distancia, mientras la conejita disfrutaba sola del tronco de siempre, conoció a una liebre. Una liebre que gustaba de las aventuras sazonadas. Le gustaba además brincar entre las líneas blancas que pudiera encontrar en el bosque. Él no hablaba su mismo idioma, pero podían conversar... Claro está, solo cuando la liebre dejaba de saltar entre líneas. Ella pudo conocerlo y reconocer que no era él con quien quería compartir aquel tronco.
La indiferencia del conejo empezó a inquietarla, más aun habiendo notado que solo con él podría compartir la sombra de SU árbol. Y ahí la van a ver, si caminan lento por el bosque... esperando entre el tronco y el árbol... en silencio. Maquinando la forma de poner en palabras, aquello que hasta ahora no ha tenido el valor de explicar.
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