miércoles, 12 de mayo de 2010

Te pierdo...

En las mañanas, de manera casi imperceptible aunque digas que no. Mientras avanza el día y en las horas, se esconden las posibilidades de tenerte cerca. En medio de responsabilidades que parecen poco importantes, pero que sin querer, son prioridad. Te pierdo de manera casi constante a mitad de mañana. Mientras me desvanezco en sábanas amarillas por la humedad. En las mañanas, por llegar a las tardes, justo antes de un buen programa de tele y te pierdo... te pierdo por nada.

Luego, en las tardes te pierdo o me pierdo yo. Por rutinas clásicamente establecidas en la sociedad. Por las tardes, cuando el viento entra por la ventana como una señal de ligera llovizna. Cuando las mantas no alcanzan para abrigar el frío y la flojera se incrementa con solo respirar. Te pierdo en el desgano mío, en la pesadez del letargo, en la lentitud de los minutos, en el silencio de las decepciones que menciono y no.

En las noches te tengo y te pierdo de manera frecuente. En medio de tu cansancio y el mío por unos motivos más razonables que otros. Te pierdo en celos que adquieren formas de moldes pequeños y robustos. Te pierdo en el silencio, una vez más. En los quejidos de una madrugada fría. Te pierdo en mis pesadillas permanentes, que utilizan las horas del descanso para atormentar mi mente... Te pierdo una y más veces... Y todas las veces posibles... Hasta el último respiro del día, que sin querer... Vuelve a empezar.

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