lunes, 27 de abril de 2009

Los estados de la (sin)razón


En la inconciencia de la conciencia... El miedo a las cosas a las que debiera temer desaparece. El futuro no importa. El cuerpo flota y los nervios se hunden. La esperanza es una palabra desconocida, pues se desconoce el tiempo. Aquí siento y no me doy cuenta. Las cosas pasan como si cayeran del cielo. Las máquinas funcionan a la perfección y los sueños se vuelven realidad. Desaparece todo lo que está más allá de los 3 metros si yo soy el centro. La oscuridad es pretexto y el silencio argumento. Los cuerpos son tibios y el ambiente frío. El espacio se reduce y los movimientos se agrandan sin que sea molesto. No hay culpa, no hay amor; solo un recuerdo que pisa el presente y la convicción de que nada cambia.

En la conciencia de la inconciencia... Tengo frío y miedo. La desesperanza se apodera y la razón pesa. El desequilibrio permanece. Hay un camino claro hacia el desorden y el caos. Las dudas caen, rebotan e inundan. La culpa se muestra... en los cuerpos, en las palabras, en los silencios. Todo avanza y retrocede en distintos intervalos de tiempo. La línea que divide el sueño y la vigilia ha sido recientemente marcada. Los pasos se dan de manera insegura, como esperando resbalar en cualquier momento. Todo importa, menos yo. El silencio es una suma de instrumentos desafinados que solo te dejan cerrar los ojos para asustarte con tu propia oscuridad. Hay amor y por tanto, desamor.


En ambos casos, sientes tres corrientes de electricidad: en los pies, en la parte baja de la espalda y en los hombros.

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