domingo, 19 de abril de 2009

Gracias a mi ex psicoterapeuta!

Sobre la importancia de no oler las flores pintadas en la pared...

Dicen los expertos, que oler flores pintadas en una pared es potencialmente dañino para la asimétrica perfección de cada uno de nuestros rostros (porque feos y bonitos, todos resultan perfectos). Dependiendo del ángulo de acercamiento (no piensen en un acercamiento horizontal, si no mas bien uno que implique la inclinación del rostro) , de la proximidad de la hazaña y de la credulidad que nos caracteriza, el daño será mayor o menor.

En el mejor de los casos, alguno de nuestros sentidos avistará que están pintadas sobre una superficie sólida. Y nos detendremos, si queremos, justo a tiempo para evitar el estruendoso choque de dicha pared contra nuestra nariz. De ser así, el olor a pintura desvanecerá la ilusión de oler las flores sin lesiones de por medio. La sabiduría en este caso, radica en la capacidad de la persona para detenerse, para dejar de acercarse, para asumir la verdad.

Otra posibilidad es un acercamiento rápido y veloz, que sin duda nos destrozará más que el olfato! El sangrado se detendrá, eventualmente; lo que permanecerá, es la desilusión. Esta es una experiencia por la cual debieran pasar los que van por el mundo creyendo en todo, los que no le temen a nada, los que aceptan. Ya que el descanso médico, consecuencia de dicha acción, dará al agraviado días importantes de reflexión. Ya depende de cada quien la elección... y siempre hay quien elige seguir intentando oler las flores.

Nunca faltan por supuesto, los avisos de recién pintado. Si aparecen, debieran tomarse en cuenta. Carteles, huellas de pintura fresca en el piso, alguien que pasó y ya se manchó. Esto solo en caso de que la pintura esté realmente fresca, porque los "frescos" que llevan años, son mucho más difíciles de detectar. La pintura fresca en cambio, aunque no huela a flores, para algunos hasta puede oler bien... EL problema radica en que las manchas en la ropa, muchas veces, se quedan para siempre.

Es posible también, que el aferrarnos a las flores pintadas nos hagan olvidar que no huelen a nada. El subconciente te gritará: ¡Esas flores nunca olerán a nada! Pero uno, fiel al encanto de las flores, se convencerá de que funcionan bien aun sin el aroma que debiera caracterizarlas. Dicha fidelidad genera un sangrado distinto al del color rojo. Es decir, si bien no duele la nariz, empezarán a doler otras partes del cuerpo. Esta forma de acercamiento con las flores garantiza largos periodos de ansiedad, desilusión, inseguridad e incluso gritos, dependiendo del temperamento de cada persona.

Quizás la peor, es acercarnos y sentir el olor de las flores. Recordar los paisajes más asombrosos y poder viajar hacia ellos con solo acercarnos a la pared. Poder tomarlas en nuestras manos y sentirnos dueños de ellas. Procurar sentir su aroma cada vez que estamos cerca. Cuidarlas, protegerlas, regarlas y perdernos otras realidades por quedarnos con esta. El peor de los casos es creer que son reales y generar una demencia permanente (o casi) que nos impida disfrutar de cosas mejores.

Solo le queda a este texto hacer una o más preguntas: ¿A quien se le ocurre pintar flores en la pared? ¿Es que no se ha dado cuenta esta persona malvada de los daños que ocasionan sus trabajos artísticos? ¿O será que no es una persona malvada? Quizás pasa que en el momento en que las pintó no encontró mejor forma de expresarse...

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