Quiero que el tiempo se detenga... Como si aún tuviera miedo de lo que pueda pasar mañana. Miedos... Tengo celos de los tuyos. Más que de cualquier pasado o de cualquier futuro que pudiera aparecer. Porque son ellos los que me hacen perderte de vez en cuando, los que hacen que dudes de mí y yo de ti.
Si los tuviera entre mis manos ahogaría cada uno de ellos en la inmesidad de un mar de razones para quererme. Pero en el fondo, sé que no son ellos los que me están ganando la batalla. Al final, sé que la batalla la estoy perdiendo yo sola. Por eso me conformo con el presente, con lo que me das (aunque no sea lo que quiero).
Y es que el tema, creo que no son tus miedos, si no que el mar de las razones que puedo ofrecerte para que me quieras nunca será lo suficientemente grande para cubrir tus expectativas. He dejado, finalmente, de gotear razones en el mar para cambiarlas por salpicones de lágrimas de impotencia. Para dejar de alimentar mi alma con esperanzas fracasadas que siempre tuve entre tus sábanas; entre nuestras horas; entre tus palabras; entre la ausencia de tu corazón envuelta en grandes rollos de papel de regalo estampado de cariño. Nunca entendí ese estampado y aún así te quise... Ahora te entiendo más y sin querer, trato de quererte menos.
¿Por qué? Porque ahora soy yo la que tiene miedo... Miedo a que la inmensidad de ese mar que llené con tanto esfuerzo te impida ver un pequeño arroyo, que sin razones y sin inmesidades, sí llene tus expectativas. Y ese arroyo existe. Eso creo yo. No son solo tus miedos los que te impiden quererme, decirte eso fue soberbio de mi parte (una soberbia que tu alimentas y dejas que crea para hacerme sentir bien). La sencilla verdad dicta, creo yo, que simplemente no soy ese arroyo.
Lo nuestro no cambiará por mí, me sobrepondré como siempre lo hago. Me gusta lo que tenemos y puedo conformarme con eso mientras tanto. Pero quería que sepas que ya no me pelearé con tus idas y venidas, que no pondré más esperanzas en lo que tenemos. Esa desesperanza a la que tanto temía, por fin a llegado. Ya no creo en un nosotros, ni en los planes, ni en los pendientes. Si creo en tu cariño es porque afirmas que es verdadero, pero yo ya me rendí.
Yo no suelo arrepentirme de nada y espero no arrpentirme nunca de abandonar esta playa que goza del mar de mis razones y la "firmeza" de tu arena que parece movediza. Solo espero que si algún día ese mar llegara a bañar la arena y esta se da cuenta de que no hay otro líquido elemento sobre la faz de la tierra que la humedezca de la misma manera, seas capaz de encontrarme. Tendrás que nadar mucho y correr el riesgo de ahogarte. Pero estaré en medio del mar, en lo más profundo... Hundida debajo de las esperanzas, el cariño, los recuerdos y las expectativas que generamos juntos, cosas que en este momento se deshacen como servilletas en el mar. Y si llegaras a encontrarme, luego de tanto riesgo y tanto sacrificio, hasta te cambiaría el nombre y yo cambiaría el mío. Y rebautizados, muy a nuestro modo, construiriamos un castillo de arena, debajo de ese mar en el que hoy empiezo a ahogarme.
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