Amaneció despejado, casi diría que soleado...
Y sin pensarlo mucho salí del letargo de las horas de sueño. Mi mirada estaba fija sobre un punto cualquiera, que me decía que no era la misma. Un punto en el que lo que más me gustaba de mí moría... Y quedaba la frialdad, el cálculo y la materia. Los ojos se entrecerraban para no ver el cambio, para no ver debajo del polvo. El rastro que dejaba la desaparición era salado y el resultado amargo.
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